“De super héroes a simples células”
-La arrogancia que convierte a constructores en destructores-
Existen diversos tipos de células que se desplazan activamente a través del organismo humano y de otros seres vivos para cumplir funciones vitales.
Principales células móviles en el cuerpo:
Células sanguíneas (glóbulos blancos o leucocitos): Viajan por el torrente sanguíneo y pueden atravesar las paredes de los vasos para migrar hacia los tejidos cuando detectan una infección, una herida o un patógeno al que deben combatir.
Células del sistema inmune (macrófagos y neutrófilos): Se desplazan mediante movimientos ameboides (extendiendo partes de su citoplasma llamadas pseudópodos) para perseguir y engullir bacterias o restos celulares.
Células embrionarias: Durante el desarrollo del embrión, grandes grupos de células migran de manera coordinada para formar los diferentes tejidos y órganos.
Células cancerosas (en procesos de metástasis): Tienen la capacidad de desprenderse de un tumor primario, desplazarse a través de canales o tejidos (a veces respondiendo a señales físicas de rigidez del entorno como la durotaxis) e invadir otras partes del cuerpo.
¿Cómo se mueven?:
De forma individual o colectiva: Algunas células viajan solas persiguiendo estímulos químicos o mecánicos, mientras que otras se mueven en grupos organizados donde cooperan para abrirse paso.
Mediante apéndices o motores internos: Algunas células utilizan estructuras externas como cilios o flagelos para impulsarse, mientras que a nivel interno emplean filamentos de actina y proteínas motoras para cambiar de forma y empujar el entorno.
Quizá los viajes espaciales no sean factibles para la totalidad de las especies que habitamos en el Universo, pues del mismo modo que las células del hígado no pueden migrar al cerebro y viceversa, quizá nuestra función principal sea mantenernos donde estamos para que funcione algún órgano del Eón por nacer.
Recuerden que para la Rosacruz el asunto del Huevo cósmico del Universo no es una mera hipótesis sino una verdad incuestionable, por lo tanto en el Cosmos, todo lo existente, no somos otra cosa que elementos constituyentes del Organismo Divino en formación. El Ser Humano debe de olvidar la arrogancia de considerarse un Dios en formación; digamos que lo que somos, son los importantes elementos imprescindibles para conformar el Cuerpo de un nuevo Eón; es decir, una de las particularidades que conforman al Pleroma; o sea, Dios.
Bien, dicho lo cual, es sensato pensar que, en tanto que huevo cósmico, nos encontramos en estado embrionario y como acabamos de ver, en éstas condiciones, la totalidad de las células no se encuentran ubicadas en sus lugares definitivos; por lo tanto, queda abierta la posibilidad de que las especies, existentes en el Universo, anden migrando hacia diferentes lugares hasta conseguir su objetivo final; pero aún nos que otra posibilidad y es la de ser constituyentes de grupos de células cancerosas que intentan extenderse por el Organismo en formación y, en dicho caso, como no podemos saberlo, o quizá sí, ¿cómo podrían las diversas especies, decidir migrar a otros mundos o, por el contrario, mantenerse pasivos para no extender la supuesta enfermedad?
Entendiendo que el miedo es una función paralizante y que, por lo tanto, va contra la Naturaleza de la cosas, lo suyo es que sigamos nuestra intuición y si esa programación interna nos dice que debemos de permanecer estáticos o, por el contrario, movernos, deberíamos de seguir nuestro instinto y, si en realidad más que células embrionarias o sanguíneas fuésemos células cancerosas, también deberíamos de seguir nuestro instinto, en tanto que Caín, Judas y el Diablo, por perversas que nos parezcan, son entidades necesarias para la formación embrionaria, en proceso, del Eón; aunque, en el fondo, no sepamos entender cuál es ésa verdadera y necesaria función.
Lo que sabemos es que el Cáncer existe y lo que no sabemos es ¿Por qué existe el Cáncer? o si éste, más que una simple disfunción o anomalía, ¿posee un objetivo corrector que, en nuestra actual etapa de evolución, somos incapaces de comprender?
Con lo anterior, hemos puesto sobre la mesa una provocación ontológica de primer orden al proponer la transición de “supuestos superhéroes a simples células”, y con ello se demuele de un solo golpe el antropocentrismo judeocristiano y la soberbia tecnocrática de la modernidad.
Llegados a éste punto, ya no seríamos los amos y señores de la creación, ni siquiera los protagonistas elegidos de un drama cósmico individual; seríamos partido y porción de un tejido inabarcable.
Si aceptamos la premisa Rosacruz de que el Cosmos es un Organismo Divino en gestación —un Huevo Cósmico o Pleroma en despliegue mediante nuevos eones—, la pregunta deja de ser meramente biológica o mística para convertirse en una encrucijada estrictamente filosófica sobre la libertad, el destino y el mal.
La modernidad secular heredó la idea del hombre como un Prometeo encadenado; es decir, una suerte de Dios atrapado en una prisión; pero, no obstante triunfante: el superhéroe destinado a conquistar las estrellas, dominar la materia y trascender sus propios límites biológicos. Vemos la exploración espacial como el derecho natural de una especie "madura".
Pero el concepto Rosacruz introduce, en el anterior concepto, una bofetada de humildad biológica: ¿Y si la limitación espacial es una ley homeostática?
Así como una célula hepática destruiría el organismo si decidiera colonizar el cerebro por capricho —provocando un colapso sistémico—, quizás, del mismo modo, la obsesión humana por saltar al vacío cósmico sin haber madurado internamente no sea una gesta heroica, sino una pulsión patológica, un cáncer en toda regla.
Los constructores que se creen dioses terminan operando como destructores porque confunden la diferenciación funcional con la excepción. Pretenden ser el cerebro de un cuerpo que apenas están empezando a corromper.
El verdadero peligro de nuestra especie no es nuestra pequeñez, sino nuestra hinchazón metafísica: creernos el todo cuando apenas somos un pliegue transitorio en la membrana de un órgano menor en construcción.
Aquí radica el núcleo más turbador de nuestra reflexión. Si somos componentes de un Eón en formación, nos enfrentamos a una simetría aterradora:
Las células embrionarias migran para construir.
Las células cancerosas migran para invadir, desorganizar y destruir el orden del tejido original en beneficio propio (un crecimiento desregulado que destruye el soporte que las alimenta).
¿Qué es la expansión humana por la Tierra y su incipiente afán por colonizar otros mundos? ¿Es el desplazamiento coordinado de un embrión que busca su posición final en el tejido cósmico, o es el comportamiento metastásico de una civilización que consume vorazmente los recursos de su huésped (la Tierra) antes de saltar a infestar otros cuerpos celestes?
Si nos miramos al espejo sin compasión, la huella humana sobre la biosfera se parece alarmantemente más al cáncer: reproducción descontrolada, ignorancia de las señales de regulación sistémica, ruptura de la matriz extracelular (la naturaleza) y una expansión ciega que destruye el entorno del que depende. ¿Somos, acaso, el cáncer del Pleroma?
Nuestra natural conclusión introduce una tesis escandalosa para la moral convencional, pero rigurosa si se lleva hasta el fondo la visión panteísta o emanatista: si el Todo es divino, incluso el error, el dolor, Caín, Judas y el propio Cáncer son necesarios en el Orden de las cosas.
En la biología ordinaria, el cáncer es una paradoja trágica: es la vida compitiendo contra la vida. Son células que deciden priorizar su propia inmortalidad egoísta (bloqueando la apoptosis o muerte programada) por encima de la supervivencia del organismo que las hospeda.
Pero trasplantado al plano cósmico, nos preguntamos si el cáncer posee un objetivo corrector. Y aquí la postura filosófica es directa:
El cáncer en el macrocosmos podría ser el mecanismo mediante el cual el Absoluto se autoevalúa.
En la dialéctica de la existencia, la salud pura y estática no genera consciencia; el sistema solo se apercibe de sí mismo a través del conflicto, de la resistencia y de la patología. El dolor, la crisis y la disfunción son los únicos acicates que obligan a un sistema a evolucionar hacia una complejidad superior.
Si el Pleroma es un Eón en formación, que es de lo que se trata, quizás necesite de la sombra, del error y de la "perversión" celular para forjar anticuerpos espirituales.
El mal, en éste sentido, no sería una mancha que ensucia la creación; es la tensión dialéctica indispensable para que el Ser despierte del sueño inconsciente de la materia.
Proponemos que, ante la duda de si somos constructores o destructores, lo sensato es apelar al instinto y abandonar el miedo, aceptando que incluso el papel del "malo" o del agente metastásico cumple una función inescrutable en la arquitectura del Eón.
Llegados a éste punto podríamos disentir, sutilmente, de una pasividad ciega, pero coincidiendo en la raíz del Problema. El instinto biológico puro en el ser humano ya está alterado; hemos sustituido la programación natural por el artificio del ego. Por lo tanto, dejarse llevar por el "instinto" actual de la humanidad suele traducirse en voracidad ciega.
Sin embargo, nuestra intuición profunda acierta en algo fundamental: el miedo a ser la "peste" del universo nos paraliza. Si descubriéramos que nuestra función en este estadio es la de ser un elemento disruptivo, corrosivo o incluso destructivo en la gestación del nuevo Eón, la moral humana se derrumbaría. Preferimos, en éste sentido, el orgullo de considerarnos el super héroe salvador antes que la humildad atroz de ser el "agente patógeno" necesario en la gran alquimia cósmica.
No somos superhéroes. Somos fragmentos biológicos de un sueño mayor que apenas vislumbramos. Si nuestra expansión es un cáncer o una génesis, tal vez importe menos para el devenir del Eón —que opera en escalas temporales incomprensibles para nuestra efímera carne— que la lucidez con la que asumimos nuestra propia naturaleza.
Aceptar que podemos ser tanto los arquitectos como la enfermedad no nos exime de responsabilidad; al contrario, nos convierte en células conscientes dentro de un cuerpo que padece, piensa y evoluciona a través nuestra.
Ante esta visión del ser humano como un elemento en un organismo cósmico en gestación, una pregunta nos queda flotando: Si asumimos que nuestra pulsión expansiva actual pudiera ser el equivalente a una metástasis en el cuerpo de ese Eón por nacer, ¿la consciencia humana tendría la capacidad real de autocortocircuitarse para sanar al huésped, o estamos inexorablemente programados para cumplir nuestro ciclo destructivo hasta el final?
La respuesta la dejamos para que, mediante reflexión, sean nuestros amados lectores quienes la contesten.
Frater Aralba R+C
(Hermano Lego de la Fraternidad de la Rosacruz)







