“Falsos templos de piedra”
-La Ilusión que encarcela-
Los templos de piedra quizá sean los objetos arquitectónicos más bellos y hermosos que haya construido la Humanidad; pero ¿en Verdad son templos operativos y donde Dios reside, temporalmente, para poder comunicarse con los hombres?
Todas las organizaciones religiosas poseen templos, desde las corporaciones más grandes de la Tierra hasta las sectas más humildes y minúsculas. Unos templos están atiborrados de lujo y boato, mientras que otros son espartanos y muestran su majestuosidad por su limpieza y sobriedad; pero todos ellos necesitan ser construídos, utilizados y mantenidos; es decir, ya sean edificios o locales en propiedad o alquiler, requieren un monto económico importante, por parte de sus feligreses, para que el Templo sea operativo y cumpla con su función; pero, llegados hasta aquí, ¿sabemos cuál es la verdadera función de los templos construídos, ya sea con piedra, ladrillo, madera o hierro o una combinación de todos ellos?
En realidad, el único Templo donde mora Dios es el propio Cuerpo Humano en su integridad; es decir, el conjunto de sus Cuerpo, Alma y Espíritu. La congregación de éstos templos verdaderos conforma lo que se denomina como Iglesia; es decir, la Iglesia, o las iglesias, no son los seudo templos edificados, sino una congregación más o menos grande de ellos. Así, Iglesia, en mayúsculas, no es otra cosa que el conjunto de todos los templos existentes; o sea, de todos aquellos humanos que han condicionado sus vidas para que Dios, concretamente Cristo, more en ellos, simbólicamente, en sus corazones.
Para el Cristiano Gnóstico como para los rosacruces, los seudo templos de piedra son innecesarios; pero, además, se trata de un engaño; en cuanto dirigen la atención de los feligreses hacia algo, el Templo de piedra, exterior a ellos. Desde luego Dios mora en todas partes, tanto en nosotros, de modo interior, como en el resto de las cosas y de forma exterior, caray, también en los templos de piedra y en un prado, en medio de la Naturaleza, en la ladera de una montaña, al lado del mar o en lo profundo del bosque; pero, entonces, ¿Porqué se comenzaron a construir los templos de piedra a modo de morada de los dioses?
Existen, para engañar al Ser Humano, despistandolo de su verdadera función de Templo del Espíritu Santo, haciéndole ver, falsamente, que para contactar con Dios necesita que Dios tenga una morada concreta y permanente, fuera de él mismo, en los templos de piedra.
Los primitivos cristianos, en tiempos de clima apacible, se reunían, congregaban, al aire libre y en entornos naturales, donde el techo estaba adornado por las estrellas y la música que se escuchaba era el canto de los pájaros, el ruido de la brisa del aire y el chapoteo de los peces en la corriente de los riachuelos.
Entendemos, perfectamente, que éstas reuniones no siempre serían posibles cuando el clima se volvía violento e inhóspito con lluvias y tormentas de frío. Así, se crearían las primeras iglesias en el interior de grutas, cuevas y cavernas. Son famosas y conocidas las catacumbas romanas donde los cristianos solían reunirse en numerosas congregaciones; porque, en realidad, las pequeñas iglesias, al ser poco numerosas, en miembros, podían reunirse en amplias chozas o en edificios familiares.
Entendemos que, a modo de inspiración, los lugares de reunión comenzaron a ser adornados con dibujos y pinturas en las paredes, ampliándose el ornato con los gustos particulares de cada uno de los congregados; ello, al punto de que, con el paso del tiempo, la ornamentación pasaría a ocupar un punto preferente respecto a la verdadera función del lugar, meramente de congregación, juntar a un conjunto de templos del Espíritu Santo para constituir una Iglesia. Así, el engaño consistía en hacer creer a los congregados que ellos no eran Templo de nada y que el verdadero Templo era el lugar de Reunión, un Lugar dónde, según ellos, moraba la Presencia del Señor, como algo externo al feligrés.
Lo cierto es que todos los lugares cerrados y sin una ventilación adecuada se convierten en receptáculos de muchos tipos de radiaciones, tanto ionizantes como no ionizantes, haciendo que sus paredes y rincones se conviertan, a modo de esponjas, en contenedores de fuerzas no bien conocidas y a las que los gnósticos denominaban como egregores, una suerte de arcontes temporales y en miniatura que estaban formados por las dudas, emociones y aspiraciones espirituales de quienes, en aquellos lugares cerrados, se concentraban. Así, la Verdad no consiste en que los templos de piedra sean las moradas de Dios, sino de los egregores que los verdaderos templos, los humanos, desprendían durante el desarrollo de sus ceremonias y rituales religiosos.
Ésos egregores, dependiendo de la energía de los asistentes, podría ser buena y beneficiosa y hasta mala y perjudicial si, dentro de la congregación, se daban rencillas, envidias y otro tipo de emociones que enrarecen dichos ambiente. Éste es uno de los principales motivos por el que algunos de los templos de piedra se convirtieron en motivo de peregrinación o, por el contrario, abandonados al acumular energía negativa y perjudicial.
Los verdaderos cristianos primitivos conocían y sentían todo lo que aquí exponemos y es por lo que se convirtieron en solitarios ermitaños, huyendo de cualquier algarabía fuente de malas energías y sí, los templos de piedra podían transformarse en lugares incómodos para aquellos que podían comunicarse con Dios en la soledad de sus dormitorios. Ellos sabían que Dios se encontraba dentro de ellos, en su interior, y que los lugares de reunión no eran otra cosa que sitios donde dar testimonio, ante los profanos, de su condición de cristianos.
El Cristiano que conoce éstas cosas no convierte su habitáculo de oración, capilla, en un museo de objetos religiosos; sino que intenta que exista la menor cantidad posible de objetos sustractivos que pudieran inducir a dirigir su atención a otras cosas que no fuesen la oración, la meditación y la devoción.
Mi querido Amigo, tú eres el verdadero Templo donde mora el Espíritu Santo. Ése Templo, como se indica en el Evangelio, debe de mantenerse incólume de vicios, impureza y enfermedad, con el fin de que Cristo pueda manifestar al Mundo, en nosotros, su Amor, Luz y Poder. No decimos que tengas que huir de los templos de piedra porque sean diabólicos y fuentes de malas influencias; lo que tratamos de indicar es que no debemos perder la perspectiva de las cosas y de dónde nos encontramos.
Lo importante es la piedad y nuestro amable trato con nuestros hermanos y cuando decimos hermanos nos referimos a nuestros semejantes, ya sean humanos, animales y otras entidades de la Naturaleza. Para orar y comunicarnos con Dios no debemos hacerlo manifiesto, a viva voz y en público; así no es como se enseña en el Evangelio, sino en soledad y recogimiento, porque aunque Dios se encuentre permeándolo todo, su mayor potencia se encuentra en nuestro interior, esperando que contactemos con Él, Cristo nuestro Señor.
Entendemos que la exageración en el ornato no es ejemplo bueno de nada y, de producirse, lo que refleja de nosotros, además de ignorancia, es que nos gusta coleccionar cosas bonitas hasta el abigarramiento más ridículo de la ostentación material. En un Templo de Piedra, de ser necesario, por condiciones ambientales, no debería de existir algo que pudiese atraer la atención de los amigos de lo ajeno. Hasta ése punto de austeridad, el verdadero Cristiano debería de llegar, porque donde dos o más templos del Señor Cristo se encuentren reunidos, en asamblea, allí se encontrará el Dios Padre gracias al Espíritu Santo; porque el Templo del Espíritu Santo, como su nombre indica, es espiritual y no material. Ése Templo es invisible e inmaterial, encontrándose en todas y en ninguna parte. En todas partes porque El Espíritu lo permea todo y en ninguna porque no posee alguna consistencia material.
Convierte, mi Hermano, tu humilde capilla en un santuario de piedad y devoción, no en un museo de objetos que pudieran conducirte, poco a poco y sin querer, hacia la Idolatría.
Frater Aralba R+C













