“Protestantismo: Lo peor de la herencia Católica”
-Y si el “Cristianismo” no es lo que nos han contado-
Mi querido/a amigo/a, si eres creyente y practicante de alguna iglesia cristiana, en concreto, párate un instante y piénsalo bien si quieres seguir leyendo; porque muy probablemente, podrías sentirte ofendido o, como poco, incómodo. Si continuas, lo que suceda será de tu entera responsabilidad y no vayas a decir que no te lo habíamos advertido.
El Cristianismo que nació y se desarrolló durante los dos primeros siglos de nuestra Era, surgió como una suerte de revolución ideológica, entre religiosa y filosófica, y nunca procurando convertirse en una nueva religión o un sucedáneo de alguna de las religiones existentes. Así los primeros cristianos podían considerarse como una suerte de herejes dentro del judaísmo o un movimiento espiritual que se extendería entre la religión pagana y politeísta del Imperio Romano.
El problema surge cuando el Emperador Constantino decide, con parte de las ideas Cristiano gnósticas, constituir una nueva Religión de Estado; una monoteísta que sustituyera al maremágnum doctrinal del panteón politeísta de los dioses olímpicos. Ésa Tarea, fundamentalmente recopilatoria, de tradición, evangelios y epístolas, fue encargada a una serie de eruditos de una facción del Cristianismo y que, con el tiempo, serían conocidos como los padres de la Iglesia. Así, la Iglesia Cristiana Católica y Apostólica se constituiría entre el 19 de mayo y el 19 de junio, aproximadamente, del 325 D/C mediante el Primer Concilio de Nicea, en lo que es la actual Turquía. Éste Concilio, por cierto, aceptado por todas las variantes cristianas actuales, tanto católicos romanos, católicos ortodoxos y protestantes, sería convocado, ante las discrepancias entre los diferentes grupos cristianos, muy especialmente por las ideas del Arrianismo, por el Emperador Constantino I el Grande y presidido por el Obispo Osio de Córdoba.
El Emperador invitó a un total de 1800 obispos; pero al Evento sólo asistieron entre 250 y 318, según la fuente que se consulte. Entre los participantes se encontraban: Eusebio de Cesárea, Alejandro de Alejandría, Atanasio de Alejandría, Eustaquio de Antioquía, Sócrates de Constantinopla, Evagrio de Antioquía, Hilario de Poitiers, Jerónimo, Dionisio el Exiguo, Rufino de Aquilea, dos representantes del Papa Silvestre I, el propio Osio de Córdoba, el cuestionado Arrio y el mismísimo Emperador Constantino.
En éste Concilio, básicamente, se discutió la postura del arrianismo, que no era compartida por la mayoría de los obispos asistentes. Ésta Idea consiste en que Jesús al ser un Ser creado por Dios Padre no podía ser Eterno; es decir, preexistente y aunque sí podía compartir la Divinidad por dádiva posterior del Padre; en modo alguno, podía compararse, en majestad, con el Dios Padre. Pues bien, de éste Concilio de obispos surgirían la mayor parte de los dogmas que, hoy, comparte la mayoría de la cristiandad y que se resume en el Credo de Nicea.
De lo expuesto se pueden determinar ciertos conceptos importantes: Jesús de Nazaret, en modo alguno, instituyó alguna Iglesia y mucho menos la Iglesia Católica Romana; en tanto que Religión de Estado y que, con el paso del tiempo, tras diversas disensiones iría dando lugar a todas las iglesias y sectas cristianas conocidas hasta hoy.
El Cristianismo Gnóstico Original sólo poseía los evangelios y las cartas de los apóstoles, muchos de ellos considerados, por la Iglesia establecida, como apócrifos; es decir, que no podían ser considerados como de inspiración Divina, sino fruto de la Mente humana o del propio Diablo. Si estudiamos el Nuevo Testamento e, incluso, algunos de los más insignes escritos apócrifos, podemos observar no sólo, como ya hemos dicho, que Jesús no constituyó alguna religión ni ninguna Iglesia. Tampoco plasmó, en palabras, dogmas y doctrinas que pudieran ser seguidas a modo de mandamientos.
Jesús dejó constancia del Bautismo como una suerte de “Testimonio Público” de aceptación de las palabras de Jesús como procedentes de Dios Padre; es decir, como que se había recibido el Testimonio del Evangelio de Jesús y se aceptaba como Palabra de Dios.
Jesús también dejó constancia de la celebración de la “Última Cena”; pero, en modo alguno como un sacramento, sino como un recordatorio de un Acto de Jesús con sus discípulos en el que dejó constancia simbólica de que todos somos, mediante la Comunión, Uno con Jesús y, consecuentemente, hermanos suyos e hijos de Dios. El Consumo del Pan y del Vino como la Carne y la Sangre de Jesucristo es algo que no hay que tomar al pie de la letra; sino, simbólicamente, como copartícipes, quienes hayan aceptado el Evangelio de Jesús, de un mismo Cuerpo; es decir, de una misma Carne y de una misma Sangre; en tanto que, todos somos como una suerte de fragmentos, almas, espirituales del mismo Creador.
Son los hombres los que crean iglesias de piedra y religiones. La Iglesia de Jesús es una Iglesia Espiritual y que no es otra cosa que el conjunto de todos los templos del Espíritu Santo existentes y que no son otra cosa que los cuerpos; es decir, la carne y la sangre de aquellos que, aceptando el Evangelio de Jesús, entronan a Cristo en sus corazones y en sus cabezas.
Así, Iglesia sólo existe una, la Comunidad completa de todos aquellos, los templos, que han aceptado el Evangelio de la Redención mediante el Sacrificio del Cordero de Dios y, hermanándose con Jesús, el Cristo, se han convertido, ipso facto, en hijos conscientes de Dios.
Así, la verdadera Iglesia Gnóstica Cristiana, sin poseer templos e iglesias de piedra, ha venido existiendo de forma espiritual y congregándose en el Mundo Invisible y Sensible mediante el Templo del Espíritu Santo. Un Templo que, como acabamos de ver, se encuentra en nosotros mismos; en todos y cada uno de los que hemos aceptado a Cristo como nuestro Redentor y Salvador Personal.
Así, el verdadero Cristianismo que pervive a pesar de todas y cada una de las iglesias oficiales y no oficiales constituidas, no posee templos de piedra, no posee dogmas o doctrinas inmutables salvo lo expuesto por Jesús mismo en su Evangelio y, por supuesto, no posee sacerdotes ni intermediarios que pudieran intermediar entre nosotros y Dios Padre; en tanto que el único mediador posible, Cristo Jesús, vive dentro de nosotros operando desde nuestro Corazón y en nuestra Mente.
Así las cosas, el verdadero Cristianismo Gnóstico de la Rosacruz, no puede considerarse como una Religión ni posee templos construidos por el Hombre para reunirse como ovejas en su establo. El Cristiano no necesita de confesores y sacerdotes externos, en tanto que confiesa a Cristo que vive dentro de Él. El mismo Cristo que es tanto Sacerdote como mediador entre el Templo del Cuerpo Físico y Dios, su Creador.
El verdadero Cristiano da testimonio público del Evangelio mediante el bautismo de agua, por inmersión, y la Santa Cena conmemorativa en donde se reparte el pan y el vino como hiciera Jesús, antes de ser apresado, torturado y asesinado antes de resucitar de entre los muertos para mostrarnos el Camino de la Cristificación conducente a la Transfiguración y que no es otra cosa que la reintegración en un sólo Cuerpo, el de Cristo, de lo dividido y fragmentado a partir del Pecado Original, que no es otra cosa que la reproducción de los seres existentes en todo el Universo. Un pecado que, paradójicamente, es necesario para que el Huevo Cósmico que es el Universo pueda prosperar y madurar para, al final, tras la segmentación o disolución, como sucede en la pupa de una oruga, eclosionar como un nuevo Ser, un Eon, el Cristo Cósmico, y que no es otra cosa que la manifestación de una faceta, Idea, preexistente del Dios Padre, el Pleroma.
Así, las religiones cristianas siguen caminos comunitarios y tortuosos que no conducen a nada, porque el Trabajo de Salvación es un Trabajo, por Gracia Divina, personal e individual. No es algo que alguien, un Sacerdote, o un Grupo, una Iglesia, pueda realizar por nosotros. Quedando así, las religiones, como meras ilusiones que sólo conducen al extravío y a la perdición de las almas-personalidad.
Si Jesús hubiese querido que el Cristianismo fuese lo que es hoy en día, habría personalmente, instituido su Iglesia, habría constancia de rituales, sacramentos y doctrinas a seguir en los evangelios; pero la única doctrina que Jesús nos dejó es: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas y a tus semejantes como a tí mismo” Ése es el único Camino conducente a la salvación del Alma.
Nosotros, como Profeta Velado, sólo intentamos hacerte recordar quién eres; pero para que ello pueda ser efectivo deberás recogerte en oración, hablar con Jesús que vive en tu interior, solicitarle su ayuda y, consecuentemente, aceptarla. En eso consiste la Salvación; es decir: “La Cristificación (Imitación de Cristo) y su resultado, la Transfiguración (Resurrección de un alma mortal en otra Inmortal)”
Y así el Espíritu Santo, en la forma de una lengua de fuego, presidirá tú Vida y tú Mente por siempre jamás.
Frater Aralba R+C
