21 enero, 2026

Descubre a Cristo en lo más profundo de tu Ser

 “Descubre a Cristo en lo más profundo de tu Ser”


-Comienza el alucinante Viaje, hacia la Gnosis, que te ofrece la Rosacruz-

Comencemos.


Vamos a sumergirnos en lo más profundo de la Historia; pero no de una Historia escrita por personas ajenas a tu propia Vida, sino de una Historia oculta y paralela a la “Realidad” que esconde la más profunda “Verdad” y que contesta a los más profundos Misterios de tu propia existencia. Una Historia que sólo puedes descubrir por tí mismo, el único que puede validarla como auténtica o desecharla como falsa. 


No se trata de algún cuento revestido de misticismo y filosofía; aunque sí sea, el ropaje, con el que se te presenta, es el Mito y contiene la Filosofía necesaria para hacerte pensar. Acción ésta, la de pensar, necesaria para que puedas entender el Conocimiento, la Gnosis, que se encuentra, intrínseco, a tu propia existencia; por el mero hecho de Existir.


En primer lugar debemos de aclarar que la Gnosis, el Conocimiento puro y duro, nace con el propio Ser Humano, cuando comienza a pensar y cuestionarse acerca de los posibles motivos de su existencia. La Gnosis, en ése sentido, es tanto el origen de los mitos, la religión, la misma filosofía y hasta el pensamiento científico moderno. Así, podemos afirmar que la Gnosis es la fuente de todo el Pensamiento Humano; pero de lo que vamos a tratar aquí es acerca de una Gnosis particular, aquella que dió origen al Cristianismo y consecuentemente, con posterioridad, al Rosacrucismo de la “Cristificación” y consecuente “Transfiguración”


La Gnosis, a la que nos referimos, surge en Egipto, Alejandría, antes que el propio Cristianismo, mediante una suerte de sincretismo entre el Pensamiento de los antiguos griegos, básicamente de Platón y Pitágoras, y de una suerte de monoteísmo herético surgido de determinados grupos relacionados con el judaísmo. Ésta Gnosis se fundamenta en la figura de un Rabino judío, conocido como Josué “Jesús el Salvador” elevada a legendaria por sus discípulos, tras sus ejecución por Roma. 


Jesús fue uno de los muchos taumaturgos mesiánicos que surgieron por aquellas tempranas fechas; pero que tuvo la suerte de caer en manos de su divulgador más famoso y conocido, Saulo de Tarso, el Pablo del “Nuevo Testamento”, quien al caer de su caballo, mediante una visión mística, sintió la Vocación de transmitir las enseñanzas de Jesús, desde su particular punto de vista. En definitiva, el Cristianismo nace como un movimiento herético y sincrético, dentro del propio seno de la Religión Hebrea y que, posteriormente, por iniciativa de Pablo, se evangelizará al Mundo Gentíl; es decir, no judío.


En realidad, el Cristianismo nace como un movimiento filosófico y gnóstico, dentro de ése ambiente helenístico de algunos judíos; pero terminará convirtiéndose en una religión separada del judaísmo y tomada por el propio Imperio Romano como su propia Religión de Estado; pero eso es otra Historia que, de momento, aquí no tiene cabida.


El Gnosticismo Cristiano bebe de la filosofía griega, fundamentalmente del Demiurgo, ése artesano Creador del Mundo, platónico que se equipara al Creador Bíblico del primer capítulo de la Torah judía; de hecho, podemos afirmar, con cierta contundencia, que el material Gnóstico Cristiano queda relegado a los libros del Nuevo Testamento, el resto de evangelios gnósticos salvaguardados como la Pistis Sophía y otros perdidos, algunos de ellos recuperados en Nag Hammadi, y al primer capítulo del Génesis y cuya antigua procedencia sumeria está más que estudiada. 


Entendemos necesario decir, aunque no es nuestra labor, ahora mismo, en éste artículo el que la inclusión de la Torah, al completo, dentro de la Biblia Cristiana fue para darle al Cristianismo de Roma un origen Antiguo que, evidentemente, no podía obtener mediante, sólo, las cartas y evangelios del Nuevo Testamento. 


No es baladí que el Nuevo Testamento comienza con el más Gnóstico de sus evangelios, el de Juan; en donde se indica que el Verbo es el Creador y que éste Verbo, Cristo (el Enviado) se hace carne para redimir a su propia Creación.


En el Primer Capítulo del Génesis se indica que Dios creó el Mundo en seis periodos de tiempo o días divinos y que, una vez realizada la Creación y al Ser Humano (Varón y Hembra), viendo que todo estaba bien, el Séptimo día, su Día, se retiró a descansar. En este Séptimo día de descanso aún estamos; es decir, según los gnósticos, Dios se retiró y dejó la Creación en manos de su, vamos a decir, albacea, nosotros mismos, el Hombre. En el Capítulo dos del mismo Génesis se nos recalca que el propio Creador sopló su Espíritu Vital sobre Adám, la cúspide de su Creación, para que éste tomase Vida y fuese un Alma viviente.


Sí relacionamos éste relato del Génesis con el Primer Capítulo de Juan, parece que todo cobra sentido y se ve desde una perspectiva muy diferente a como se nos ha venido contando por la Teología convencional. En todo el Nuevo Testamento no se menciona ni una sóla vez a Jehová, refiriéndose a Dios como el Padre de Jesús, recuerden el Salvador, un Dios de puro Amor, libre de ira y celos, muy al contrario de lo que es Jehová el Dios de los judíos. De hecho, en el mismo Evangelio de Juan, cuando algunos rabinos van a increpar a Jesús, él los denomina como hijos del Diablo, Padre de toda mentira; por lo tanto, si tomamos ésto tal y como se entiende, ése Jehová no es otro que un impostor, el propio Gran Presuntuoso contra quien nos advierten los gnósticos: Alguien que no siendo el Dios Creador, se hace pasar por Él con la intención de enseñorearse sobre el Ser Humano, manipulándolo para su propia conveniencia y propósito. 


Por eso es importante distinguir entre el primitivo Cristianismo Gnóstico, con influencia helenística, de ése otro constructo definitivo que terminaría formando la Religión del Imperio Romano y de quienes construyeron la Biblia Cristiana Oficial que ha llegado hasta nosotros, mezclando al Dios de Amor, Padre de Jesús del Nuevo Testamento, con ése otro seudo Dios Iracundo y malhumorado del Antiguo Testamento y que Jesús intentara, en su misión herética, de separarlo de su propio Pueblo, haciéndolo regresar al Camino bueno y verdadero. Así queda claro que el supuesto Dios de los judíos, Yaveh o Jehová, en modo alguno, es el Dios Creador del Mundo y Padre de Jesús (el Salvador y Redentor)


Así, para los gnósticos no existía contradicción alguna; en tanto que ellos comprendieron que el Dios Padre Amor de Jesús, el Verbo Creador, el Demiurgo Artesano de Platón, nada tenía que ver con ése suplantador del Creador que se hizo llamar el Dios de los Judíos, el supuesto Pueblo Elegido.


Algunos Gnósticos primitivos no supieron distinguir entre el Creador Elohim, el Demiurgo, descrito en el Primer Capítulo del Génesis y el impostor Jehová que aparece a partir del Capítulo dos del mismo libro y que se convierte, a partir de entonces, en omnipresente durante toda la Torah, y a la que los cristianos conocemos como el Antiguo Testamento. Es por dicha causa que algunos gnósticos, no todos, consideraban al Demiurgo como un Dios menor, un tanto tonto como poco y otros lo relacionaban con el propio Jehová, el General de los arcontes y gran impostor. Se trata, como vemos, de un error grave confundir al Artesano Creador, el Demiurgo, con Autades, el impostor y gran presuntuoso Dios del Pueblo Hebreo; en tanto que en Génesis Uno queda claro que, el Creador, tras realizar la Creación, el Séptimo Día se retiró a descansar, encomendando lo realizado en su último Ser Creado, el Hombre (Varón y Hembra, recuerden). Por lo tanto, ése Jehová que aparece, a partir del segundo Capítulo del Génesis, no es Elohim, es otra cosa.


Vemos en Juan, Capítulo Uno, que se nos dice:


“En el principio era el Verbo (Jesucristo, el Hijo de Dios), y el Verbo era con Dios (el Padre), y el Verbo era Dios. Éste era en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho. En él estaba la vida (el soplo de vida que el Demiurgo insufló en el Hombre), y la vida era la luz de los hombres (Ese Espíritu de Dios está en nosotros). La luz en las tinieblas resplandece, y las tinieblas no prevalecieron contra ella.

Hubo un hombre enviado de Dios, el cual se llamaba Juan (el Cuerpo del Ser Humano). Éste vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por él. No era él la luz (en tanto que era un Ser Humano de carne y hueso), sino para que diese testimonio de la luz.

Aquella luz verdadera (Cristo), que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció. A los suyos vino, y los suyos no lo recibieron (pues estaban dormidos). Más todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre (los que tienen Fe de que Cristo vive en ellos), les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Y aquel Verbo (Cristo) fue hecho carne, y habitó entre nosotros y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Juan (el Ser Humano) dio testimonio de él, y clamó diciendo: Este es de quien yo decía: El que viene después de mí, es antes de mí; porque era primero que yo (el verdadero Ser, el Espíritu). Porque de su plenitud tomamos todos, y gracia sobre gracia. Pues la ley por medio de Moisés fue dada, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo (El Salvador Enviado). A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer. (Vive en nosotros si lo queremos recibir)”

(Juan 1:1-18)


“Lo que se encuentra entre paréntesis, como orientación, lo hemos puesto nosotros.”


Os dejamos con éste pasaje del Evangelio de Juan para que lo meditéis en profundidad, porque aquí está contenida toda la Gnosis Rosacruz de la Redención Cristiana. Recordad que Cristo, en tanto que Luz Divina y Vida, vive en todos nosotros, en tanto que seres humanos (Juan el contenedor); pero para que Jesucristo (El Salvador Enviado, su Salvación) se haga efectivo en nosotros, primero tenemos que reconocerlo, tener Fé de que Él está en nosotros, que él vive en nosotros como nuestro Creador y Señor. Ése es el proceso de la Cristificación o Redención, cuyo resultado final no es otro que la Transfiguración o Salvación del Alma.


Frater Aralba R+C











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